01¿Qué es la taxonomía?
Los términos "taxonomía" y "sistemática" se usan a menudo indistintamente, aunque no significan exactamente lo mismo, y durante mucho tiempo se ha discutido cómo definirlos (Simpson 1961; Mayr & Ashlock 1991; Winston 1999). En una definición ya clásica, Simpson (1961) describió la sistemática como el estudio científico de los tipos y la diversidad de organismos y de todas las relaciones entre ellos, y la taxonomía como el estudio teórico de la clasificación, con sus bases, principios, procedimientos y reglas. Mayr & Ashlock (1991) adoptaron esa misma definición de sistemática, pero definieron la taxonomía de forma algo más amplia, como la teoría y la práctica de clasificar organismos. En la práctica, el trabajo taxonómico se apoya en tres actividades estrechamente ligadas (Winston 1999):
- Identificación: asignar un ejemplar a un grupo ya clasificado y nombrado.
- Clasificación: ordenar los organismos en grupos según sus similitudes y diferencias.
- Nomenclatura: nombrar esos grupos siguiendo unas reglas establecidas para ello.
Esos grupos, o taxones, se organizan en una jerarquía de categorías (especie, género, familia, orden, clase, filo, reino), con la especie como unidad esencial (Fig. 1). Hoy la mayoría de los biólogos aspiran a que esa jerarquía refleje la historia evolutiva de los organismos, y para ello se apoyan en caracteres homólogos, tanto morfológicos como químicos, fisiológicos y genéticos (Winston 1999).
Definir qué es exactamente una especie, sin embargo, es más complicado de lo que parece, y es uno de los debates más largos de la biología. En la literatura se han propuesto unos 30 conceptos de especie distintos (Zachos 2016), que ponen el acento en criterios diferentes, como que las poblaciones puedan reproducirse entre sí, que se distingan por sus caracteres o que formen un linaje con un antepasado común propio. Una propuesta muy influyente sostiene que todos ellos coinciden en lo esencial, que una especie es un linaje de poblaciones que evoluciona por separado, y que esos criterios no son definiciones rivales, sino distintas pruebas para reconocerlo (de Queiroz 2007). Dónde se sitúa el límite entre una especie y otra tiene consecuencias muy prácticas, como se verá en varios de los casos del capítulo 4.
Un nombre científico solo es útil si es único e inequívoco, es decir, si se refiere a un único tipo de organismo y se entiende igual en cualquier parte del mundo. Una especie existe para la ciencia, en sentido formal, cuando se publica su nombre binomial (género y epíteto específico) junto con una descripción de los caracteres que la diferencian, siguiendo las reglas del código de nomenclatura correspondiente (ICZN 1999, art. 13). Curiosamente, nadie obliga a cumplirlos. Su autoridad descansa en la cooperación voluntaria de la comunidad científica, y un trabajo que no los respete difícilmente se publicará en una revista seria (Winston 1999).
Describir una especie, por tanto, no consiste solo en "ponerle nombre". Exige revisar la literatura previa, a veces de más de dos siglos de antigüedad, examinar ejemplares de museos (en especial los ejemplares tipo de las especies ya descritas), elegir y estudiar caracteres diagnósticos, designar nuevos tipos y depositarlos en una colección accesible (Winston 1999). Es un trabajo lento y minucioso, y de su calidad depende que cualquier otro investigador pueda saber, décadas o incluso siglos después, de qué organismo se estaba hablando.
02Un poco de historia: de las taxonomías populares a los códigos internacionales
Todos somos taxónomos
Clasificar el entorno es un comportamiento profundamente humano, muy anterior a la ciencia. La etnobiología ha mostrado que sociedades tradicionales de todo el mundo organizan plantas y animales en clasificaciones jerárquicas con rasgos comunes, en las que el nivel central es el de los "géneros populares", que en el caso de las plantas vasculares superiores y los vertebrados grandes coinciden con frecuencia con géneros o especies de la clasificación científica (Berlin 1992). Pero el grado de detalle no es uniforme, sino que depende de la importancia cultural de cada grupo. Los pescadores artesanales de Paraíba (Brasil) manejan 308 nombres locales que corresponden a 127 taxones científicos de peces, organizados en cuatro niveles jerárquicos (Medeiros et al. 2022). En cambio, en Zululandia (Sudáfrica) bastan seis nombres populares para las 58 especies de anfibios de la zona, y esas categorías equivalen más a géneros o familias que a especies (Phaka et al. 2019). Clasificamos con más detalle aquello que más nos importa. Y en algunos casos, distinguir bien especies parecidas tiene consecuencias muy serias. El Códice Florentino (1577), la enciclopedia sobre los pueblos y la cultura del centro de México que compiló Bernardino de Sahagún recurriendo, entre otros, al saber de médicos indígenas, separa las setas del monte, que "son buenas de comer", de unos "honguillos" llamados teonanácatl, que "dañan la garganta y emborrachan" y hacen ver visiones "a las veces espantables". Las primeras aparecen en el apartado dedicado a las setas, y los segundos, entre las hierbas que emborrachan (Sahagún 1577; Fig. 2).
Linneo y la nomenclatura binomial
Antes de Linneo, los naturalistas europeos designaban a menudo cada especie con un nombre latino que era una frase descriptiva de varias palabras, porque se esperaba que el nombre sirviera a la vez para nombrar, describir e identificar la especie (Winston 1999).
A Linneo (Fig. 3) se le atribuye con frecuencia la invención de la nomenclatura binomial, es decir, el sistema que nombra cada especie con dos palabras, como Homo sapiens. Pero los nombres de dos palabras ya se usaban antes que él, sobre todo en géneros con pocas especies (Winston 1999). Para entender su aportación sirve un ejemplo. En Species Plantarum (1753), la hierba gatera aparece con la frase Nepeta floribus spicatis, verticillis subpedicellatis, foliis petiolatis cordatis dentato-serratis, es decir, "Nepeta con las flores en espiga, los verticilos con pedicelos muy cortos y las hojas pecioladas, acorazonadas y de margen dentado-aserrado". La frase permitía distinguirla de las demás especies del género, pero era larga e incómoda de usar. Linneo la mantuvo como descripción, pero añadió en el margen una sola palabra, cataria, de modo que la planta pudiera llamarse simplemente Nepeta cataria (Linnaeus 1753). Así, cada especie pasó a tener un nombre corto para nombrarla y una descripción para reconocerla. Lo decisivo es que no lo hizo de forma ocasional, sino de manera sistemática, con las plantas en Species Plantarum (1753) y con los animales en la décima edición de Systema Naturae (1758) (Winston 1999). Por eso esas dos obras son hoy el punto de partida oficial de los nombres científicos. En zoología, por ejemplo, ningún nombre publicado antes del 1 de enero de 1758 se tiene en cuenta (ICZN 1999, art. 3).
Del caos a las reglas
El sistema de Linneo triunfó rápidamente, pero durante el siglo siguiente los nombres proliferaron sin control. A la avalancha de especies nuevas que llegaban de las grandes expediciones se sumaban autores que renombraban especies ya descritas o modificaban nombres existentes según sus propios criterios. La necesidad de reglas comunes se hizo cada vez más evidente (Winston 1999).
El primer código pensado para uso general fue el que Hugh Strickland presentó en 1842 ante la British Association for the Advancement of Science, preparado por un comité del que formaban parte, entre otros, Charles Darwin y Richard Owen. La asociación lo adoptó en 1846 (Winston 1999; ICZN 1999). A partir del primer Congreso Internacional de Zoología (París, 1889) se impulsó un código internacional. En 1895 se creó la Comisión Internacional de Nomenclatura Zoológica, en 1905 se publicaron las Règles internationales y en 1961 estas fueron sustituidas por la primera edición del Código Internacional de Nomenclatura Zoológica. La edición vigente, la cuarta, se publicó en 1999 y entró en vigor en el año 2000 (ICZN 1999). En botánica, el camino arrancó con las "leyes" de Alphonse de Candolle (1867) y el primer código botánico internacional se aprobó en Viena en 1905 (Winston 1999). Su heredero, hoy llamado Código Internacional de Nomenclatura para algas, hongos y plantas, se revisa en cada Congreso Internacional de Botánica; la versión más reciente es el Código de Madrid (Turland et al. 2025; Fig. 4). Además de estos dos, existen otros códigos internacionales independientes: uno para las bacterias y las arqueas (Parker et al. 2019), complementado desde 2022 por el SeqCode para aquellas que solo se conocen por su ADN (Hedlund et al. 2022), otro para los virus (ICTV 2025) y otro para las plantas cultivadas, que regula los nombres de las variedades de jardín y de cultivo (Brickell et al. 2016).
Ambos códigos se basan en dos principios clave. El primero es el de prioridad: el primer nombre publicado válidamente para un taxón es el correcto. El segundo es la tipificación: cada nombre queda ligado a un ejemplar concreto (el tipo; Fig. 5), lo que permite saber de manera objetiva a qué organismo se refiere un nombre aunque cambien las ideas sobre su clasificación (Winston 1999). Este segundo principio, que hoy parece evidente, tardó en hacerse obligatorio. En botánica, indicar un tipo es requisito para publicar un nombre nuevo desde 1958, y en zoología solo desde el año 2000. En zoología, hasta entonces era solo una recomendación, aunque muchos autores designaban ejemplares tipo desde mucho antes y las revistas solían exigirlo (Winston 1999). Desde entonces, toda especie animal nueva debe incluir la designación expresa de un holotipo o de sintipos (ICZN 1999, art. 16.4).
Los códigos siguen adaptándose a los tiempos. Desde 2012, por ejemplo, el código zoológico acepta las publicaciones que solo aparecen en formato electrónico, siempre que la obra se inscriba en ZooBank, el registro oficial de nomenclatura zoológica, y se indique en ese registro un archivo, distinto de la editorial, encargado de conservarla de forma permanente (ICZN 2012). En la práctica, sin embargo, estos requisitos no siempre se cumplen, y Bocak et al. (2025) identificaron 43 trabajos publicados en revistas exclusivamente electrónicas cuyos nombres nuevos no son técnicamente disponibles según el Código. Con todas sus imperfecciones, las reglas intentan conciliar dos necesidades opuestas, contar con nombres estables y permitir que la clasificación cambie a medida que se sabe más sobre los organismos (Winston 1999).
03¿Cuánto conocemos realmente?
Cuando Winston (1999) publicó su manual de procedimiento taxonómico, se conocían alrededor de 1,4 millones de especies de eucariotas, y las estimaciones de las especies aún por describir iban de 5 a 50 millones. La cifra más llamativa procedía de Terry Erwin, que a partir de los escarabajos recogidos mediante fumigación del dosel de árboles de Luehea seemannii en Panamá proyectó que podría haber unos 30 millones de especies de artrópodos tropicales (Erwin 1982).
Las estimaciones posteriores no se han puesto de acuerdo (Fig. 6). Mora et al. (2011) calcularon unos 8,7 millones de especies de eucariotas, de las que el 86 % estarían aún por describir. Costello et al. (2013) propusieron una cifra más baja, de 5 ± 3 millones. Para los insectos, Stork (2018) estimó alrededor de 5,5 millones de especies, de las que solo un millón están descritas, y consideró inverosímiles las cifras de 30 millones o más. Sin embargo, un estudio reciente basado en más de 1,6 millones de insectos de Costa Rica identificados mediante DNA barcoding sugiere que podría haber entre 14 y 20 millones de especies de insectos, y presenta esa horquilla como una estimación de mínimos (Colwell et al. 2026). Sea cual sea la cifra real, incluso las estimaciones más bajas implican que una parte importante de la biodiversidad del planeta sigue sin nombre. Y parte de ella podría desaparecer sin llegar a tenerlo. Según un estudio, entre el 15 y el 59 % de las extinciones recientes, dependiendo del grupo y la región, corresponderían a especies que nunca llegaron a describirse, de modo que las extinciones reales podrían ser hasta el doble de las registradas (Tedesco et al. 2014). En los bosques costeros de Brasil, por ejemplo, algunas aves podrían haberse extinguido antes de que se conociera su existencia (Lees & Pimm 2015). La magnitud del problema sigue siendo objeto de debate (Costello et al. 2013; Mora et al. 2013).
Tampoco es cierto que el ritmo de descubrimiento se esté agotando. Las tasas de descripción más altas de la historia, por encima de 16.000 especies nuevas al año, se han registrado todas desde 2015, con un máximo de 17.044 en 2020 (Li et al. 2025). Y los descubrimientos no se limitan a las regiones megadiversas. Incluso en Europa se describen de media, desde los años 50, más de 770 especies nuevas de animales terrestres y de agua dulce cada año (Fontaine et al. 2012b). Un ejemplo cercano es Pijnackeria recondita Valero & Ortiz, 2015 (Fig. 7), un fásmido de Sierra Nevada (Granada) que encontré por casualidad durante unos muestreos de lepidópteros y que describimos combinando morfología y DNA barcoding (Valero & Ortiz 2015).
Otro dato revelador es el tiempo que una especie pasa "en la estantería". Fontaine, Perrard & Bouchet (2012a) tomaron una muestra al azar de las especies descritas en 2007, consiguieron la fecha de recolección del primer ejemplar de 570 de ellas y encontraron que, de media, transcurrieron 20,7 años hasta su descripción formal, con casos que iban de cero a 206 años. En plantas con flor, Bebber et al. (2014) estimaron un desfase de unos 35 años. En otras palabras, buena parte de las especies "nuevas" ya están en los cajones de los museos, esperando a que alguien con la formación necesaria las estudie.
Los fásmidos ilustran bien esta situación. Con algo más de 3.600 especies válidas (Brock et al. 2026), son un grupo modesto comparado con escarabajos o avispas, y aun así quedan muchas por describir, también en territorios con una larga historia de exploración entomológica. En la Guayana Francesa, por ejemplo, la fauna de fásmidos apenas se había revisado desde que Lucien Chopard la estudiara en 1911, pese al abundante material depositado en museos europeos. Al estudiar ese material junto con el procedente de muestreos recientes, describimos un género y 16 especies nuevas. En la serie tipo de la mitad de ellas había ejemplares que llevaban décadas esperando en las colecciones. Entre ellos, un paratipo recogido en Bolivia en 1949, el holotipo de una especie recolectado en 1976 y varios ejemplares de la colección que M. E. Le Moult reunió en 1908, como el holotipo de Cladomorphus guianensis, descrito más de un siglo después (Conle et al. 2020; Fig. 8).
04¿Para qué sirve la taxonomía?
"¿Y eso para qué sirve?" es la pregunta que más a menudo escucha cualquier taxónomo. La respuesta no siempre es evidente, porque la taxonomía casi siempre actúa en segundo plano, como paso previo del que dependen otras decisiones. Está detrás de la agricultura, cuando hay que identificar una plaga y encontrar a sus enemigos naturales; de la gestión del medio ambiente, cuando una especie invasora amenaza un ecosistema; de lo que comemos y bebemos, cuando hay que saber qué especie se vende realmente o cómo proteger un cultivo; de la salud pública, cuando hay que distinguir qué mosquito transmite una enfermedad; de la medicina, cuando hay que saber qué serpiente ha mordido a un paciente; y de la conservación, porque las listas rojas, las leyes de protección y la gestión de espacios naturales trabajan con especies, y cambiar la forma de delimitarlas puede alterar las prioridades de conservación. Entre 1996 y 2000, por ejemplo, el 27 % de los cambios en la lista mundial de aves amenazadas se debió a revisiones taxonómicas y no a cambios reales en su estado de conservación (Mace 2004). En todos estos ámbitos, un nombre correcto da acceso a todo lo que se sabe sobre un organismo; un nombre equivocado, o la ausencia de nombre, puede conducir a decisiones equivocadas. Los casos que siguen, uno por ámbito y todos bien documentados, muestran con cifras lo que está en juego, tanto cuando la taxonomía acierta como cuando llega tarde.
Cuando la taxonomía acierta
Plagas agrícolasLa cochinilla de la papaya
La cochinilla de la papaya, Paracoccus marginatus Williams & Granara de Willink, 1992, se describió en 1992 a partir de material de Belice, Costa Rica, Guatemala y México. Se considera nativa de México y Centroamérica, donde nunca ha llegado a ser una plaga grave, probablemente gracias a sus enemigos naturales locales. Al llegar al Caribe, en cambio, se convirtió en plaga. Desde 1994 se ha registrado en 14 países caribeños, y en 1998 alcanzó Florida. Con la especie descrita y su área de origen delimitada, a partir de 1999 el Departamento de Agricultura de Estados Unidos recolectó en México varias especies de avispas parasitoides que, una vez liberadas, redujeron las poblaciones de la cochinilla en un 99,7 % en las zonas de estudio de la República Dominicana y en un 97 % en las de Puerto Rico (Walker et al. 2003). Años después la plaga llegó a la India. En el estado de Tamil Nadu, los agricultores sufrían sus daños desde 2006, pero el responsable no se identificó como P. marginatus hasta 2008. En 2010 se importaron desde Puerto Rico tres de aquellos parasitoides, y uno de ellos, Acerophagus papayae, se crió y liberó en grandes cantidades, con un control excelente de la plaga en cinco meses (Myrick et al. 2014). Según Myrick et al. (2014), los beneficios económicos fueron de entre 121 y 309 millones de dólares al año, y de entre 524 y 1.340 millones en cinco años. El proyecto costó unos 200.000 dólares en 2010 y 100.000 dólares anuales durante los tres años siguientes (Sharma & Muniappan 2022; Fig. 9).
Especies invasorasSalvinia molesta y su gorgojo
Salvinia molesta D.S. Mitch. (Fig. 10) es un helecho flotante originario del sureste de Brasil (CSIROpedia s.f.) que, fuera de su área nativa, se ha convertido en una de las peores malas hierbas acuáticas del mundo (Thomas & Room 1986). Se describió en 1972, pero como era estéril se la consideró un híbrido de especies del complejo de S. auriculata sin área nativa propia, hasta que entre 1978 y 1982 se localizó su área de origen en el sureste de Brasil (CSIROpedia s.f.). Los primeros intentos de control biológico usaron un gorgojo, Cyrtobagous singularis, recolectado sobre plantas del complejo de S. auriculata. Se liberó en 1971 en Botsuana y Zambia y en 1979 en Fiyi, pero no contribuyó a controlar la plaga. En junio de 1980 se liberó en Australia un gorgojo recolectado en el sureste de Brasil, el área nativa de S. molesta, que al principio se tomó por una forma de C. singularis, y en unos 15 meses destruyó la masa de helechos (CSIROpedia s.f.). Resultó ser una especie distinta, y en 1985 se describió como Cyrtobagous salviniae Calder & Sands, 1985 (Calder & Sands 1985). En el río Sepik (Papúa Nueva Guinea), donde el helecho llegó a cubrir cientos de kilómetros cuadrados de lagunas y cauces de los que dependen miles de personas para alimentarse y desplazarse, la liberación del gorgojo en 1982 permitió recuperar las vías de agua y la vida normal de las aldeas (CSIRO s.f.). El artículo que recogió el caso en Nature se tituló, de hecho, "Taxonomía y control de Salvinia molesta" (Thomas & Room 1986).
ViticulturaLa filoxera de la vid
En la segunda mitad del siglo XIX, un insecto diminuto, la filoxera (Fig. 11), llegó a Europa desde Norteamérica y causó enormes pérdidas en la viticultura (EPPO s.f.). Solo en Francia destruyó en torno al 40 % de los viñedos, y el golpe económico fue tan fuerte que llegó a notarse en la estatura. Los hijos de familias viticultoras nacidos en las regiones y años afectados medían a los 20 años entre 0,6 y 0,9 cm menos que el resto, un efecto que los autores atribuyen al empobrecimiento de esas familias durante la infancia de sus hijos. Puede parecer poco, pero en todo el siglo XIX la estatura media de los franceses solo aumentó unos 2 cm (Banerjee et al. 2010). En Francia el insecto se describió como una especie nueva, Phylloxera vastatrix Planchon, pero resultó ser la misma especie descrita antes en Norteamérica como Pemphigus vitifoliae Fitch, hoy Daktulosphaira vitifoliae (Fitch) (EPPO s.f.). Su origen norteamericano ayuda a entender la solución. Las especies de vid nativas de Norteamérica, que conviven con el insecto, son resistentes a él. Lo que se impuso, y sigue siendo hoy la principal forma de control, fue injertar las variedades europeas de Vitis vinifera sobre portainjertos derivados de especies de vid americanas (Granett et al. 2001), una práctica generalizada en Europa y la cuenca mediterránea (EPPO s.f.).
AlimentaciónEl etiquetado del pescado
Hebert et al. (2003) propusieron identificar especies animales a partir de la secuencia de un fragmento del gen mitocondrial COI, una técnica conocida como DNA barcoding que hoy se usa también para detectar fraudes alimentarios. Un metaanálisis de 141 estudios sobre el etiquetado de pescado y marisco, un campo que ha crecido enormemente gracias a la identificación forense mediante ADN, estimó que la tasa media de etiquetado erróneo por producto ronda el 8 % (Luque & Donlan 2019). Conviene recordar, eso sí, que el DNA barcoding solo permite asignar una secuencia a una especie si existe una biblioteca de referencia, y su capacidad depende de la cantidad y la calidad de los registros que contiene (Hebert et al. 2003; Geiger et al. 2016).
Salud públicaLos mosquitos que transmiten enfermedades
La malaria se transmite a través de la picadura de algunas especies de mosquitos del género Anopheles, y en 2024 causó unos 282 millones de casos y 610.000 muertes en el mundo (OMS 2025a). El dengue, el zika, el chikungunya y la fiebre amarilla, en cambio, los transmiten mosquitos del género Aedes (OMS 2024), en el caso del dengue sobre todo Ae. aegypti. Solo en 2024 se notificaron 14,6 millones de casos de dengue y más de 12.000 muertes (OMS 2025b). Distinguir ambos géneros tiene consecuencias prácticas. Los mosquiteros tratados con insecticida son una de las herramientas centrales contra la malaria (OMS 2025a), pero protegen a quien duerme bajo ellos, y los Aedes que transmiten el dengue pican de día (OMS 2025b). La identificación a nivel de especie también cuenta. Lo que durante mucho tiempo se consideró una única especie africana, An. gambiae, es en realidad un complejo de varias especies, que se distinguen por caracteres moleculares y por su biología (Coetzee et al. 2013; Fig. 12). Y la expansión de An. stephensi, una especie asiática invasora ya presente en ocho países africanos, que prospera en entornos urbanos y es resistente a muchos de los insecticidas usados en salud pública, supone un desafío añadido para el control de la malaria en el continente (OMS 2025a).
Cuando la taxonomía llega tarde o se ignora
Sanidad forestalLa muerte de los fresnos en Europa
Hacia 1995 se detectó en Europa una grave enfermedad de los fresnos, cuyo hongo causante se describió a partir de material de Polonia (Baral et al. 2014). Durante años, la fase sexual del hongo responsable se identificó como Hymenoscyphus albidus, una especie inofensiva conocida en Europa desde al menos 1850. En 2011 se demostró que bajo ese nombre se escondían dos especies que se consideran indistinguibles por su morfología: la nativa y otra nueva y patógena, hoy llamada H. fraxineus (Fig. 13), que resultó haber sido introducida desde Asia (Baral et al. 2014). Para entonces, la epidemia llevaba más de quince años avanzando. Solo en Gran Bretaña, su coste a lo largo de un siglo se estima en 14.800 millones de libras, un tercio más que el brote de fiebre aftosa de 2001 (Hill et al. 2019).
IntoxicacionesLas setas tóxicas en China
Recolectar setas silvestres es una costumbre extendida en medio mundo, y muchas intoxicaciones se producen al confundir especies tóxicas con otras comestibles muy parecidas. Se estima que estas intoxicaciones matan al menos a 100 personas al año en todo el mundo, una cifra probablemente subestimada (Li et al. 2020), y más del 90 % de esas muertes se deben a especies que contienen amatoxinas (Tuğcan & Akpınar 2025). China figura entre las regiones del mundo más afectadas por estas intoxicaciones mortales (Yaneva et al. 2026). Solo allí, entre 2010 y 2020, se registraron 10.036 brotes de intoxicación por setas, con 38.676 afectados y 788 muertes (Li et al. 2021). En 2019, la especie más letal en ese país fue Amanita exitialis Zhu L. Yang & T.H. Li, responsable de 13 de las 22 muertes registradas, con una mortalidad del 52 % entre los intoxicados (Li et al. 2020). Y, sin embargo, una especie tan peligrosa no se describió hasta 2001 (Yang & Li 2001). Y aun hoy, la especie responsable de una intoxicación a menudo no llega a identificarse. De aquellos 10.036 brotes, solo el 38,6 % se notificó con el nombre de la seta, casi siempre un nombre popular y no científico, y el 65 % de las muertes se produjo en brotes en los que la seta no se identificó (Li et al. 2021).
Mordeduras de serpienteUn antiveneno inadecuado en África occidental
La composición del veneno de las serpientes puede variar mucho de una región a otra, y el origen geográfico de los venenos con que se fabrica un antiveneno influye en su eficacia en cada zona (Ainsworth et al. 2020). En África occidental, la introducción de un antiveneno fabricado con veneno de serpientes de la India para tratar, entre otras, las mordeduras de la víbora alfombra Echis ocellatus Stemmler, 1970 se tradujo en un aumento de la mortalidad de los pacientes tratados del 1,8 % al 12,1 % (Visser et al. 2008; Ainsworth et al. 2020; Fig. 14).
Conservación de especiesLos dos elefantes africanos
Durante décadas, los elefantes africanos se gestionaron como una sola especie. En 2001, un estudio genético aportó pruebas de que en realidad son dos: el elefante de sabana, Loxodonta africana (Blumenbach, 1797), y el de bosque, L. cyclotis (Matschie, 1900) (Roca et al. 2001). Sin embargo, la UICN no los evaluó por separado hasta 2021. Ese primer análisis reveló que el elefante de bosque había disminuido más de un 86 % en 31 años, lo que lo situaba en peligro crítico, mientras que el de sabana, con un descenso de al menos el 60 % en 50 años, quedaba en peligro. Hasta entonces se habían evaluado juntos, y según el Natural History Museum de Londres, al separarlos quedó claro que ambos estaban mucho peor de lo que se pensaba (Natural History Museum 2021; Fig. 15).
Enfermedades de la fauna silvestreLa quitridiomicosis de los anfibios
Desde los años 80, numerosas poblaciones de ranas y sapos empezaron a desaparecer, con especial gravedad en Australia y en América (Scheele et al. 2019). Durante años, muchos de esos declives se calificaron de "enigmáticos", porque no se conocía su causa (Van Rooij et al. 2015). Hoy sabemos que detrás de muchos de esos declives estaba la quitridiomicosis, una enfermedad provocada por hongos que ha contribuido al declive de al menos 501 especies de anfibios en el último medio siglo, 90 de ellas presumiblemente extintas (Scheele et al. 2019). El pico de declives se produjo en los años 80 (Scheele et al. 2019), más de una década antes de que el patógeno fuera identificado. Cuando finalmente se describió, en 1999, resultó ser un género y una especie nuevos para la ciencia: Batrachochytrium dendrobatidis Longcore, Pessier & D.K. Nichols, 1999 (Longcore et al. 1999).
05Lo que enseñan estos casos
Los casos anteriores tienen algo en común. Cuando una especie está bien descrita e identificada, es posible buscar sus enemigos naturales en su área de origen, elegir el tratamiento adecuado o evaluar su estado de conservación. Cuando no lo está, los errores se pagan en cosechas, bosques, vidas humanas y especies. La taxonomía rara vez es noticia, pero muchas de estas decisiones dependen de ella. Es una especie de infraestructura en la que casi nadie repara mientras funciona, y cuya importancia solo se aprecia cuando falla.
Referencias
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- Ainsworth, S., Menzies, S.K., Casewell, N.R. & Harrison, R.A. (2020). An analysis of preclinical efficacy testing of antivenoms for sub-Saharan Africa: inadequate independent scrutiny and poor-quality reporting are barriers to improving snakebite treatment and management. PLoS Neglected Tropical Diseases, 14(8), e0008579. https://doi.org/10.1371/journal.pntd.0008579
- Banerjee, A., Duflo, E., Postel-Vinay, G. & Watts, T. (2010). Long-run health impacts of income shocks: wine and phylloxera in nineteenth-century France. The Review of Economics and Statistics, 92(4), 714–728. https://doi.org/10.1162/REST_a_00024
- Baral, H.-O., Queloz, V. & Hosoya, T. (2014). Hymenoscyphus fraxineus, the correct scientific name for the fungus causing ash dieback in Europe. IMA Fungus, 5(1), 79–80. https://doi.org/10.5598/imafungus.2014.05.01.09
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